Desde los albores de los años 1900 los EEUU comenzaron un dominio sobre Colombia, lo cual es la principal traba para el desarrollo nacional, en todos sus aspectos. Este dominio no fuere posible sin tener en el país los contactos o agentes con quien realizarlo, una vez que la potencia decidió disminuir el colonialismo directo. Esos cipayos salieron de los dos partidos tradicionales: Liberal y Conservador, y de algunos que se denominaron independientes o progresistas, para simular que son diferentes, pero siempre tuvieron justificaciones para doblegarse y traicionar a la patria, con contadas excepciones como Jorge Eliécer Gaitán, a quien no dejaron llegar a ser presidente del país. Desde mediados de los años de la hegemonía conservadora, cuyo período fue entre 1886 y 1930, la República Liberal de 1930 a 1946, el Frente Nacional de 1958 a 1974 y hasta el día de hoy, todos han sido de dominio de EEUU sobre Colombia. Entre esos períodos hubo algunas coaliciones, pero gobernaron con el mismo criterio político.
A final de la década de 1980 surge la desintegración de la URSS y EEUU decide lanzarse por el planeta a tomarse los mercados internos para recomponer la tasa de ganancias de sus multinacionales y corporaciones. En Colombia esa retoma neocolonial tiene la forma de la Constitución de 1991, que nace del embeleco de una séptima papeleta dizque inventada por unos imberbes de la “Panda de los Andes”. Surge la figura de Álvaro Uribe y marca la historia de Colombia por los siguientes 20 años: 8 en “carnitas propias” y 12 en cuerpo ajeno: 8 con Juan Manuel Santos, aunque hayan terminado peleados, y 4 con su acólito Iván Duque. Luego vino el “revolucionario” Gustavo Petro, quien resultó, que además de no cumplir nada de lo prometido, también quiere imponer su títere en el Gobierno: Iván Cepeda. A ninguna de estas tres etapas –la de los partidos tradicionales, el uribismo y el petrismo– ha contribuido Sergio Fajardo.
Otro factor que ha influido históricamente en el Gobierno de Colombia han sido los financistas de las campañas electorales. Meterse con ellos –y con políticos tradicionales– es venderle el alma al diablo, como dijo explícitamente Gustavo Bolívar de su “partners” el presidente Petro, a quien tanto ama: “Yo lo disculpo…ya pagó la vendida del alma al diablo”, dijo Bolívar hace un año. Los financistas determinan los planes del Gobierno, es a quienes les adjudican de forma directa y estable los contratos. Esos financistas además tienen gran influencia en la agenda legislativa, cuyos proyectos de ley son para garantizar sus negocios, tienen acceso privilegiado a la información para las licitaciones y lo más grave, como si fuera poco, obtienen la forma de legalizar sus dineros. De allí parte el nido de la corrupción sistémica: Son los que se roban la plata que luego además irrigan entre los funcionarios del mismo Gobierno, dineros que además utilizarán en futuras elecciones y permean a los organismos de Control. Son billonarios los recursos que se pierden mientras millones de personas aguantan hambre.
Los Abelardos, las Palomas y los Ivanes derrochan “toneladas” de billetes que “invierten” en sus campañas, mientras Sergio Fajardo realiza caminatas, recorre calles, visita casas y utiliza redes sociales a falta de financiación. Miles de voluntarios colaboran con el Profesor, mientras las encuestas y sondeos buscan desaparecerlo del panorama. A pesar de los llamados de partidos tradicionales y del petrismo, no se dejó cooptar; y no le ha vendido el alma al diablo. “¡Prefiero perder que venderle el alma al diablo!”, dijo.







