El próximo domingo quedará definido quién será el próximo presidente de Colombia. Si gana Cepeda, quienes voten por él sentirán que el país ganó, pero los votantes de su competidor pensarán lo contrario. Lo mismo si gana De la Espriella. Quienes voten en blanco lo harán asumiendo que el país ya perdió, y su manifestación como fuerza que se expresa electoralmente representa una posición inequívoca, la del derecho a disentir.
¿Es importante disentir?
Lo es. Máxime cuando el disenso se presenta frente a una realidad política que tiene como fundamento los malos gobiernos de la derecha tradicional y el pésimo gobierno de la izquierda reciente. Si hasta acá todos los gobiernos han sido esencialmente una expresión de lo mismo, ¿qué se puede esperar de la nueva administración en una carrera presidencial encabezada por representantes de esos mismos sectores? La respuesta es simple. No se puede votar mal y pensar que se tendrá un buen gobierno. La falacia del mal menor opera precisamente ahí, reduciendo un espectro complejo de posibilidades a solo dos alternativas mediocres, obligando al ciudadano a legitimar con su voto la degradación institucional bajo la promesa de evitar un desastre supuestamente mayor.
El binomio no es nuevo.
La lógica binaria ha secuestrado la agenda pública y el aparato crítico del país bajo distintas máscaras, guerra-paz, solución militar-solución política al conflicto armado, Proceso de paz Sí-Proceso de paz No, Santos-Zuluaga, plebiscito Sí-plebiscito No, Petro-Duque, Petro-Rodolfo y, ahora, el binomio Ceped-De la Espriella. ¿No le parece que hemos llegado muy lejos con este péndulo estéril intentando resolver los problemas de Colombia? ¿Los hemos resuelto? ¿Los representantes políticos y sociales de este binomio los han solucionado? Un categórico no.
Como bien se ha sugerido en el debate analítico contemporáneo, estamos ante la confrontación de dos modelos que representan, en el fondo, dos fracasos históricos. No se trata de opciones inéditas, sino de dos recetas ampliamente ensayadas cuyas tuercas estructurales ya han cedido ante la realidad nacional.
Por un lado, el modelo de gobierno que promueve De la espriella promete la redención económica mediante la desregulación radical, la confianza inversionista a ultranza y un enfoque de orden basado en la punibilidad y el despliegue de fuerza. Su fracaso histórico radica en que confunde el crecimiento macroeconómico con el desarrollo social, ignorando que la debilidad del mercado interno obedece a una exclusión de raíz. Bajo este esquema, la seguridad jurídica y física se privatiza o se concentra en los centros urbanos, profundizando el abandono estatal de las periferias geográficas y sociales.
Por el otro, el modelo que quiere continuar Cepeda, pretende solucionar las asimetrías burocratizando la asistencia social, centralizando las decisiones económicas y aplicando una retórica de justicia redistributiva que rara vez se traduce en eficiencia técnica. Su fracaso histórico se evidencia en la incapacidad para dinamizar el aparato productivo real. Al asfixiar la iniciativa privada y depender crónicamente del gasto corriente sin generación de valor agregado o riqueza real, Cepeda termina administrando la escasez y precarizando los servicios públicos que promete democratizar.
El voto en blanco es el primer paso para construir un futuro próspero y soberano
Por eso, la mirada debe situarse firmemente más allá del 21 de junio. Cualquiera que sea el resultado del domingo, las estructuras del subdesarrollo seguirán intactas si el electorado sigue atrapado en la falsa dicotomía de dos modelos agotados.
Disentir hoy es el primer paso para construir una nación grande y poderosa, una Colombia que rompa las cadenas de este péndulo vicioso y se atreva a estructurar un proyecto nacional donde la soberanía real, la solidez democrática, la paz estable y la prosperidad económica dejen de ser utopías discursivas y se conviertan en realidades tangibles, equiparables a las de las naciones más desarrolladas del mundo.
Votar en blanco este 21 de junio es fundar la primera piedra de esa nueva República.
Quienes votamos en blanco lo hacemos porque rechazamos este chantaje histórico. No hay tal cosa como un mal menor en un binomio que ha malgobernado al país durante los últimos lustros. Elegir la opción menos mala no detiene la decadencia, solo la dosifica y la legitima, otorgando un cheque en blanco a proyectos destinados al fracaso. Por lo tanto, votar en blanco no es un acto de apatía ni un vacío político. Es el rechazo consciente a un sistema pendular que solo produce los mismos resultados destructivos bajo diferentes banderas.




