El caso de Joachim Klement muestra qué tan poco se contrasta hoy la información, incluso en grandes medios. Desde mayo, la historia de sus predicciones para 2014, 2018 y 2022 circuló sin que nadie confirmara la evidencia previa a esos mundiales que la sustentara.
Meses antes del Mundial leí una noticia sobre las supuestas predicciones de Joachim Klement para los mundiales de 2014, 2018 y 2022. Poco después empecé a encontrar reels y publicaciones en las redes sociales, en las que se repetía la misma historia: Klement había diseñado un algoritmo capaz de anticipar a los campeones de Brasil 2014 (Alemania), Rusia 2018 (Francia) y Qatar 2022 (Argentina).
Según esa versión, la empresa para la que trabajaba Klement había desarrollado un algoritmo capaz de predecir al campeón del Mundial. La curiosidad me llevó a buscar los registros de la empresa y apareció la primera sorpresa: había sido creada después del Mundial de Rusia 2018. A partir de ahí busqué noticias porque, como seguidor del fútbol, no recordaba que una predicción de semejante magnitud hubiera tenido la repercusión que ahora se le atribuía.
La historia apareció en la BBC el pasado 26 de mayo, en DW el 3 de junio y fue replicada por Bloomberg, The New York Times, The Washington Post, The Guardian y Le Monde. En español encontré publicaciones en El País, El Mundo y La Nación. En Colombia, en El País de Cali, El Tiempo, El Espectador y Semana. Incluso fue mencionada en noticieros deportivos y los narradores la han repetido en varias transmisiones de los partidos.
Tanto despliegue me despertó una inquietud: si algunos de los principales medios de comunicación daban por cierta la historia de las predicciones de Klement para los tres mundiales anteriores, ¿por qué no encontraba evidencia que permitiera sostenerla? Sin embargo, seguía sin convencerme el hecho de que la empresa no existiera para el Mundial de 2018.
Entonces acudí a Google. Probé distintas combinaciones de búsqueda e incluso escribí únicamente "Joachim Klement". Aparecieron millones de resultados relacionados con las predicciones. Sin embargo, utilicé la herramienta de fechas y limité el rastreo entre el 1 de enero de 2013 y el 31 de diciembre de 2014 y, posteriormente, entre el 1 de enero de 2017 y el 31 de diciembre de 2018, es decir, los periodos en los que cabría esperar una mayor cantidad de publicaciones sobre cada Mundial. El resultado fue sorprendente: no había nada. No aparecieron publicaciones en Facebook, ni entradas de blogs, ni noticias en medios de comunicación ni debates en internet previos a los mundiales de 2014 y 2018 que dejaran constancia de aquellas predicciones.
Así que acudí a ChatGPT y le pedí ayuda para rastrear cualquier noticia, entrada de blog, tuit o registro que permitiera contrastar las afirmaciones sobre Joachim Klement antes de los mundiales de 2014 y 2018. Tampoco encontró evidencia. Por el contrario, las referencias localizadas eran posteriores al Mundial de Rusia y todas daban por sentado que las predicciones habían existido y habían sido acertadas.
El hecho plantea varias preguntas. ¿Por qué tantos medios de comunicación presentan como cierta una historia que hoy no parece poder contrastarse? ¿Qué evidencias existen, aparte de las afirmaciones del propio Klement, que demuestren que esas predicciones fueron hechas antes de los mundiales de 2014 y 2018?
Ayer, Países Bajos quedó eliminado por Marruecos, pese a que el algoritmo de Klement lo señalaba como campeón. Japón, otra de las selecciones destacadas por el modelo, corrió la misma suerte frente a Brasil. Es cierto que en 2022 acertó con Argentina, pero también era uno de los grandes favoritos: contaba con Messi en un momento extraordinario y con un plantel de primer nivel. Tampoco acertó con el subcampeón ni con las selecciones que presentó como sorpresas, por lo que el modelo podría haber tenido una importante dosis de fortuna. Además, si se tiene en cuenta que los candidatos reales al título suelen reducirse a cinco o seis selecciones, tampoco parece que pronosticar a Argentina como campeona en 2022 fuera una predicción especialmente improbable. Klement pudo haber acertado en ese Mundial, como también lo hicieron miles de personas que daban a Argentina como ganadora.
Con todo lo anterior, veo tres escenarios posibles.
El primero es que Klement realmente hubiera acertado y que su algoritmo hubiera señalado como campeones a Alemania y Francia antes de que se disputaran ambos mundiales, aunque esas predicciones hubieran circulado únicamente en ámbitos privados, como reuniones o conversaciones entre amigos. Aun así, tampoco resultaba especialmente arriesgado considerar como favoritos a Alemania, Francia o Argentina. Para sostener esa hipótesis sería necesario encontrar alguna evidencia que, hasta hoy, parece haberse diluido en un océano de información digital. Resulta, cuando menos, llamativo que no exista un solo rastro verificable.
El segundo escenario es que la información se hubiera perdido. No sería imposible: muchos blogs desaparecen y numerosas publicaciones de Twitter (hoy X) y Facebook terminan eliminándose o resultan prácticamente irrecuperables.
El tercero es que estemos frente a una narrativa construida después del Mundial de Qatar, en la que la suerte y una buena intuición hicieron lo suyo y que terminó reproduciéndose sin el debido contraste.
No puedo afirmar que Klement no acertara en sus predicciones para los mundiales de 2014 y 2018. Pero tampoco puedo demostrar que sí lo hizo. Tal vez estemos ante un fenómeno de bola de nieve en el que, por el atractivo de una historia extraordinaria, terminamos aceptando una afirmación para la que no encontramos evidencia verificable.
Y con esto en mente surgen nuevas preguntas. ¿Por qué la BBC, DW, The Washington Post y otros medios no localizaron publicaciones anteriores a los mundiales de 2014 y 2018 que respaldaran la historia? ¿Por qué no aclararon que las afirmaciones no podían corroborarse? ¿Por qué hoy se sigue compartiendo la misma narrativa como si estuviera plenamente demostrada?
Diversos autores han advertido que la sociedad contemporánea, marcada por la velocidad de la información, la búsqueda permanente de reconocimiento y la opacidad de los contenidos digitales, favorece una vida con menos cuestionamientos. Filósofos como Habermas, Byung-Chul Han y Fernando Broncano han cuestionado una sociedad en la que el pensamiento crítico pierde espacio frente a la rapidez, la indiferencia por los hechos y la circulación de información desprovista de contexto. Broncano, incluso, sostiene que vivimos en una sociedad digital productora de ignorancia.
Por eso, más allá de si Joachim Klement acertó o no, el verdadero problema quizá sea otro. Cada vez contrastamos menos la información que consumimos, incluso cuando proviene de fuentes que consideramos confiables. Y si eso ocurre con los medios de comunicación, cuya función consiste precisamente en verificar antes de publicar, el desafío para el debate público es todavía mayor. Contrastar, buscar evidencia y tratar de probar, o falsear, en palabras de Popper, las afirmaciones antes de aceptarlas deberían seguir siendo una obligación, no una opción.




