El pasado 1 de abril, la NASA lanzó la misión Artemis II, un viaje de diez días alrededor de la Luna con cuatro astronautas a bordo, entre ellos Christina Koch, quien se convertirá en la primera mujer en viajar más allá de la órbita terrestre. Según la NASA, el programa Artemis tiene como objetivo explorar los beneficios científicos y económicos de la Luna, por lo que este lanzamiento constituye apenas el primer paso de un proceso más amplio orientado a posibilitar la llegada humana a Marte. El programa prevé una misión adicional en 2027 para poner a prueba las capacidades del sistema, seguida de misiones anuales destinadas a explorar el Polo Sur lunar y avanzar en la construcción de una base lunar en 2028.
Esta iniciativa responde al mandato de 90 días impuesto por Donald Trump para diseñar una estrategia que garantice la hegemonía de Estados Unidos en la exploración espacial. Sin embargo, el desarrollo de este plan ha estado marcado por tensiones políticas, que alcanzaron su punto álgido con el nombramiento de Jared Isaacman como administrador de la NASA: un multimillonario sin experiencia política ni científica, con el título de ser el primer astronauta privado en realizar un paseo espacial y de ser comandante de una misión con civiles. ¡Un personaje con todo el estilo del presidente Trump! Adicionalmente, esta misión es producto de la colaboración entre el gobierno estadounidense y SpaceX, la empresa del multimillonario Elon Musk, conocida por su visión de colonizar Marte y por su retórica sobre la «expansión de la humanidad», que se beneficia de contratos millonarios financiados con fondos públicos.
Pero ¿por qué Estados Unidos está tan interesado en regresar a la Luna? En una entrevista con la BBC, Sarah Russell, directora del Museo de Historia Natural de Londres, explicó que la Luna alberga recursos esenciales comparables a los de la Tierra: tierras raras, agua, hidrógeno y helio. Estos elementos son clave para establecer una base lunar que facilite la exploración de otros planetas, como Marte. Pero más allá de esto, el programa Artemis prevé instalar reactores nucleares en su base permanente, lo que no solo ampliaría su capacidad energética, sino también su potencial estratégico y de defensa.
La carrera espacial del siglo XXI: EE.UU. vs. China
Recordemos que la última gran carrera lunar tuvo lugar entre 1957 y 1975, en el contexto de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética compitieron por demostrar su supremacía tecnológica y científica. La misión Apolo 11, que el 20 de julio de 1969 logró el primer alunizaje tripulado, se convirtió en un hito emblemático de esa rivalidad, impulsada por la decisión política de la administración de John F. Kennedy de consolidar el liderazgo estadounidense en un terreno estratégicamente crucial. Hoy, aunque el contexto internacional ha cambiado, asistimos a una dinámica similar: Estados Unidos enfrenta una carrera geopolítica contra China, que se extiende más allá de la Tierra.
China ha logrado avances significativos en tecnología espacial a través de la Administración Espacial Nacional de China (CNSA), destacando el alunizaje de la misión Chang’e 4 en 2019, el primero en la cara oculta de la Luna, y el despliegue del rover Yutu-2, que capturó imágenes inéditas. En 2021, lanzó el primer módulo de su estación espacial Tiangong y lidera el proyecto de la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), en colaboración con más de 40 instituciones y países en desarrollo, con planes de construir una base en el Polo Sur lunar hacia 2035 y de expandir su infraestructura lunar en las siguientes décadas, posicionándose como un competidor clave en la carrera espacial, junto a Estados Unidos.
El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de la ONU (1967) establece que la Luna y otros cuerpos celestes no pueden ser objeto de apropiación nacional por reclamación de soberanía, uso, ocupación o cualquier otro medio. Según este acuerdo, la exploración espacial debe llevarse a cabo en beneficio de todos los países y con fines pacíficos. Sin embargo, la astronauta británica Helen Sharman ha señalado que, en la práctica, los países que logren establecer bases lunares podrían operar con autonomía durante periodos prolongados, sin que exista un mecanismo claro para regular o limitar sus actividades.
En este contexto, resulta relevante recordar que, durante su presidencia, Donald Trump impulsó la retirada de Estados Unidos de acuerdos multilaterales clave, como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Acuerdo de París sobre el cambio climático. Ante este historial de desvinculación de compromisos internacionales, surge una pregunta legítima: si una potencia espacial como Estados Unidos ha incumplido acuerdos fundamentales en la Tierra, ¿qué garantías existen de que respete los tratados que rigen el espacio ultraterrestre?
Un patrón histórico de dominación
La carrera por colonizar un pedazo de la Luna avanza y, con ella, la estrategia de Estados Unidos para defender su posición dominante. El afán de Estados Unidos por colonizar la Luna no es más que la extensión de un patrón histórico de apropiación y explotación: el mismo que ha impulsado la extracción de petróleo, gas y tierras raras en Medio Oriente y Latinoamérica, y que ha justificado intervenciones militares y diplomáticas en países como Dinamarca, siempre bajo el pretexto de «seguridad» o «progreso». Hoy, ese mismo modelo de dominación se proyecta más allá de la Tierra, disfrazado de innovación científica y avance tecnológico.
Aunque es innegable que la exploración espacial abre nuevas posibilidades para el conocimiento humano, es urgente cuestionar quién controla esos avances y con qué fines. La llamada «conquista» de la Luna no es un logro neutral: es una maniobra más del poder estadounidense para replicar en el espacio la lógica colonial que ha regido su relación con el planeta. La explotación de recursos lunares, la militarización de bases y la imposición de normas sin consenso internacional son, en esencia, la continuación de un sistema que prioriza el beneficio económico y geopolítico de unas pocas potencias sobre el bien común de la humanidad. Con la Luna convertida en un negocio de multimillonarios, como Musk e Isaacman, surge la duda: ¿estamos ante una nueva era de descubrimientos científicos o ante la colonización del espacio por parte de quienes ya dominan la Tierra?









