El premio Nobel de Medicina fue concedido al japonés Shimon Sakaguchi y a los estadounidenses Mary Brunkow y Fred Ramsdell por sus investigaciones del sistema inmunológico, que es el encargado de enfrentar y proteger nuestro cuerpo de los constantes peligros que lo puedan afectar: virus, bacterias, hongos, parásitos, células cancerosas, sustancias químicas, etcétera. Esa importante tarea la llevan a cabo un grupo especial de los llamados glóbulos blancos o leucocitos.
Es un sistema complejo y poderoso, que si se descontrola vuelve sus ataques contra los tejidos del cuerpo dando origen a las enfermedades autoinmunes.
El órgano central del sistema inmunitario es una pequeña glándula llamada timo que se localiza en el pecho, por detrás del esternón. Allí las células inmunitarias aprenden a distinguir lo extraño de lo propio y actuar en consecuencia contra algún agente dañino.
Pero las células rebeldes seguían apareciendo y no se entendía por qué escapaban al control central ejercido, además del timo, por la médula ósea o roja.
El sistema inmune resultó ser más complejo de lo que se pensaba y en 1995 Sakaguchi descubrió un nuevo tipo celular, a la que llamó célula T regulatoria.
Estas células, cual guardias de seguridad, se encargan de evitar que otras del sistema de defensa cometan el error de atacar a los tejidos propios y de esta manera previenen o mitigan la aparición de una enfermedad autoinmune.
En 2001 Brunkow y Ramsdell descubrieron en una cepa de ratones un gen anormal que los predisponía particularmente a sufrir distintas enfermedades autoinmunes. Al gen lo llamaron Foxp3. Posteriormente demostraron que el gen también se encuentra en humanos asociado a una respuesta inmunitaria anormal, impidiendo el desarrollo adecuado de las células T regulatorias. En condiciones normales dicho gen juega un papel central en el funcionamiento equilibrado del sistema inmunológico.
Estas investigaciones no solo profundizan el conocimiento de la estructura y función del sistema inmune, sino que también abren nuevas ventanas para el tratamiento de las enfermedades autoinmunes como la diabetes tipo 1, la esclerosis múltiple o el lupus, por nombrar algunas de ellas. También añaden nuevas armas al arsenal de la lucha contra el cáncer y mejorarán el éxito de las técnicas de trasplantes de órganos.
Todo un ejemplo de como la ciencia básica alimenta continuamente las aplicaciones tecnológicas.




