En defensa de Colombia

Una falsa encrucijada

La pobreza y la informalidad reciben menos atención que la disputa sobre cómo resolver la violencia. Colombia necesita inversión en conocimiento, empresas y tecnología para mejorar las condiciones de vida.

Publicaciones de Libardo Gómez Sánchez

La extrema derecha y su gemela de la izquierda han logrado encapsular al país en un falso dilema, han convencido a la nación de que el tema medular por resolver es el de la violencia. La primera esgrime como solución la mano dura y la segunda, la negociación con perdón y concesiones.

Producto de esta narrativa, en los últimos 30 años las facultades de Derecho, Sociología, Ciencias Políticas y afines a las ciencias sociales han dedicado la mayor parte de sus esfuerzos a adelantar estudios, seminarios, maestrías y cuanto evento se les ocurre alrededor de los derechos humanos y la paz. Para ello han contado con recursos del erario y de muchas ONG y entidades internacionales interesadas en poner en el centro del debate nacional estos temas.

Sin querer menospreciar su vigencia, mientras las aulas y los auditorios se llenan de diletantes alrededor de la violentología, en la que tenemos ya muchos expertos que no resuelven ningún problema, la mayoría de los colombianos se levantan todos los días con la angustia que les depara la pobreza. Perseverantes, buscan en la informalidad una manera de sobrevivir. Como el nivel de ingreso del promedio de los colombianos está muy por debajo del de las naciones que ofrecen condiciones de vida decentes a sus ciudadanos, los nuestros no tienen cómo contribuir al erario para recibir atención moderna en salud, educación ni ninguna de las necesidades esenciales de la sociedad. Todo eso cuesta. Medio pasamos el día a día tanto la nación como las familias con préstamos o apretando el cinturón. ¿Hasta cuándo será posible vivir al debe?

Los temas que tienen que ver con el desarrollo no tienen protagonismo, excepto cuando aparecen en titulares de prensa para avisar de la quiebra de otra empresa. Desde la apertura económica se cuentan por miles.

Mientras las naciones desarrolladas discuten sobre la carrera por conquistar la supremacía en la IA, la bioquímica, el aprovechamiento de la genética, los conocimientos de la astrofísica, la física de partículas y la física de materiales sólidos, nosotros reducimos los presupuestos en ciencia y tecnología.

Todo aquello que tiene que ver con la educación y el conocimiento carece de presupuesto e interés. Sin el desarrollo de la ciencia, la humanidad continuaría en las condiciones del medioevo: expectativas de vida muy cortas, condiciones sanitarias precarias, comunidades aisladas, plagas y epidemias, inseguridad alimentaria y muchos otros males. No somos conscientes de los beneficios que hemos logrado a medida que conocemos las leyes fundamentales de la naturaleza.

Por supuesto, la pobreza y las lacras que originan todo tipo de explotación no han terminado, pero no se deben a la ciencia sino a inadecuados arreglos sociales que tienen que ver con la apropiación de capital y de los medios de producción.

Basta ver lo hecho por los países del sureste asiático y China en los últimos 50 años: sus avances y el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes tienen que ver principalmente con tecnología, conocimiento y decisiones autónomas. Son la evidencia contundente de que el progreso que añoramos es posible.

Muchos otros asuntos debemos tener en cuenta, pero si no empezamos por apoyarnos en la ciencia de manera libre, sin depender de las directrices o condicionamientos de otros, de tal manera que desarrollemos y hagamos crecer el aparato productivo con empresas de todo tamaño y diferentes actividades, especialmente con valor agregado y tecnología, nunca lograremos derrotar la pobreza y la violencia.

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