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Se derrumba el poder de Occidente en Medio Oriente

Los viejos imperios europeos y el actual norteamericano ya no pueden dominar la región

Trump recortado frente a bandera iraní en estadio

Hoy cuando un nuevo orden mundial multipolar está reemplazando el hegemónico norteamericano en decadencia, la guerra en Irán marca un punto de inflexión que, tal como lo están demostrando los hechos, anticipa también un cambio radical en la región. La debilidad y el derrumbe del poder imperial de Occidente ya no pueden mantener lo conquistado en Medio Oriente, porque Irán se está constituyendo en un muro de contención de su expansión y dominio, mientras potencias emergentes como China y Rusia consolidan su respaldo.

El orden imperial europeo impuesto en Asia Occidental

El Medio Oriente siempre ha sido objeto de la codicia de Occidente, primero por los intereses de los imperios británico y francés, y después por el norteamericano. El petróleo ha sido el más importante recurso ambicionado, pero también el control de las vías marítimas y sus pasos estrechos, claves para monopolizar el comercio global.

Con la caída del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, el Asia Occidental pasó a formar parte del sistema colonial europeo. Reino Unido y Francia, mediante el Acuerdo secreto Sykes-Picot de 1916, se repartieron los residuos de ese gran imperio turco que había durado más de 400 años y redibujaron fronteras según su conveniencia sin contar con los deseos soberanos de los pueblos árabes nuevamente invadidos. Así, instalaron monarquías clientelares repartidas a tribus del Golfo Pérsico sobornadas por los intereses en el petróleo.

Los mismos imperios europeos dividieron la Siria otomana: mientras Francia ocupó el norte creando al Líbano, separado de Siria, Gran Bretaña se tomó lo que correspondía a Palestina. El Mandato Británico era una avanzada colonial en alianza con el sionismo político, logrado mediante un acuerdo de 1917 entre el Reino Unido y los potentados judíos, entre ellos, Rotschild. Se llamó Declaración Balfour, en la que se anunciaba un «hogar judío» en Palestina, lo que implicaba que los nativos palestinos debían ceder parte de sus tierras a los judíos perseguidos en Europa.

Cuando los británicos se retiraron de ese Mandato, en 1948, los sionistas procedentes de Europa, que venían colonizando y sometiendo a los palestinos, a menudo con métodos terroristas, crearon el Estado de Israel, por lo que a Occidente le quedó asegurado una punta de lanza estatal en Medio Oriente. Fue la época en que el imperio británico decaía y el norteamericano tomaba su lugar hegemónico, contando con el apoyo del nuevo Estado para sus objetivos de poder y dominio en la región. Así, hoy se explica la relación cómplice y genocida entre el sionismo y Estados Unidos.

Dron rosado exhibido en manifestación proiraní en Teherán
Un dron rosado va sobre un vehículo frente a una multitud con banderas de Irán en la plaza Vali Asr de Teherán. (Foto: Samira Sadrnejad, CC BY 4.0, Wikimedia Commons)

Irán, el único Estado de la región que ha logrado resistir el dominio occidental

El apetito económico de Occidente se materializó en Irán a principios del siglo XX cuando los británicos se apoderaron del nuevo recurso energético que reemplazaba al carbón y consolidaron la British Petroleum Company en una concesión desfavorable a los iraníes. Después, con la entrada de Estados Unidos para competir con Inglaterra por el petróleo, se asociaron con los británicos para el saqueo del petróleo de Irán y con el mismo fin instalaron en Arabia Saudita la compañía arábigo-norteamericana, Aramco.

Pero en Irán surgió un escollo para los intereses británicos y norteamericano. En 1953, el primer ministro iraní, Mohammad Mosaddegh, decidió nacionalizar el petróleo controlado por Occidente, apoyado por el parlamento iraní. Por eso fue derrocado por la CIA y el MI6 británico para suprimir las instituciones democráticas y consolidar el poder soberano del Sha Reza Pahlevi, sumiso a Occidente y a sus intereses sobre el petróleo.

De ahí surgen dos perspectivas contrapuestas: la de Irán, tratando de recuperar su soberanía por el petróleo, lograda finalmente en 1979 con la Revolución Islámica que derrocó al Sha y restituyó la República, y el de las monarquías árabes, que mantuvieron su condición de vasallas del Imperio norteamericano, sobornadas por los intereses financieros asociados a la consolidación del petrodólar, para cuya defensa el Pentágono les ha impuesto bases militares.

Por eso, mientras Wall Street fortaleció el dominio del dólar en la región apoyado en las monarquías del Golfo, Irán se ha constituido en el único país que se ha opuesto a los designios hegemónicos de Occidente, porque otros países que lo intentaron fueron agredidos para imponerles gobernantes sumisos a sus intereses: Libia, Somalia, Sudán, Irak, Afganistán, Siria y Líbano. El único que faltaba era Irán, que ha resistido a Washington y al interés de la ambición de los grandes poderes financieros trasnacionales.

Pero dentro de estos países han surgido movimientos autónomos de resistencia contra la dominación norteamericana-sionista, tales como Hezbolá en Líbano, Ansar Alá en Yemen y Muqawama en Irak, que pugnan por la soberanía de sus países. En este marco, el Pentágono, sometido a la dirección de inteligencia del Mossad israelí, lo que ha impuesto en Medio Oriente es un estado de guerra permanente.

Donald Trump habla sobre aviadores desaparecidos en Irán
Donald Trump habla ante los medios en la sala James S. Brady de la Casa Blanca (Foto: Daniel Torok, dominio público, Wikimedia Commons)

Con la guerra en Irán el poder norteamericano comienza a derrumbarse

Irán se ha constituido en un tatequieto a las ambiciones hegemónicas de Estados Unidos y el sionismo internacional en Medio Oriente. La guerra de agresión que inició hace cinco meses el Pentágono ha fracasado estruendosamente, hasta tal punto que Donald Trump se ha visto humillado por el poderío de la respuesta de Teherán, sostenida por el arma disuasoria que representa el estrecho de Ormuz para sus intereses geoestratégicos.

Por eso, Trump ha suplicado varias veces un alto el fuego e incluso firmó un Memorando de Entendimiento, que se constituyó en el testimonio de su rendición, seguro de haber logrado controlar el estrecho de Ormuz. Sin embargo, al no conseguirlo, lo rompió y reinició la guerra de agresión contra Irán sin poder mostrar a sus conciudadanos el trofeo que necesitaba para acreditarlo como triunfador y para tratar de mejorar su imagen deteriorada ante el fracaso militar.

La derrota del poder militar norteamericano se hace evidente por la destrucción que Teherán les ha propinado a las bases militares que instaló para defender la hegemonía del petrodólar, pero que ha utilizado para atacar a Irán. Estados Unidos se está resignando a tener que retirarse de ellas atendiendo el pedido de las monarquías que las albergan, pues se constituyen en un blanco fácil para la resistencia iraní, por lo que aspiran a conseguir una seguridad regional que no dependa del Pentágono.

Se sugiere que de ahí surge el reciente pacto de defensa mutua entre Arabia Saudita, Paquistán y Turquía, firmado en La Meca, que parece responder a los deseos de paz y seguridad formulados por China y Rusia. Pero la explicación más plausible para el objeto de ese pacto es la que expresa el experto en defensa y coronel retirado norteamericano Douglas McGregor: es una alianza anti israelí» diseñada para proteger la región del proyecto del Gran Israel»

Dicha alianza corresponde a la intención de la asociación comercial de los países BRICS de no continuar bajo el dominio hegemónico militar y financiero de Washington. Porque la tendencia en la región es también a negociar en petroyuanes, la moneda de China, país que hoy ha superado a Estados Unidos en poder económico.

Pese a lo que pueda pasar en ese forcejeo de Trump entre continuar amenazando con destruir la civilización iraní o negociar, la región intervenida no podrá ya ser la misma de antes, cuando Washington dominaba a sus anchas. Sin su control del petróleo por el estrecho de Ormuz, sin sus bases militares y sin poder controlar el dólar como moneda de reserva global, el Imperio comenzará a derrumbarse y Asia Occidental será el primer clavo de su ataúd. Pero como China está en la mira del Imperio occidental, ese necesariamente será el último y definitivo, aunque faltará la caída del Estado genocida sionista y de otros centros de poder hegemónico en el mundo.

Un nuevo orden global multipolar comienza a afianzarse y el viejo hegemónico norteamericano se derrumba. Como todos los imperios caerá, porque su crisis interna lleva inmersa su propia contradicción producto de la decadencia moral, económica y política de su dirigencia, pese a que continúa ostentando la grandeza del pasado, que inexorablemente está perdiendo ante su frustración por no poder ya mantener el poder global.

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