Recuerdos y presidentes

Mar 12, 2026

La obsesión del actual presidente con la historia puede tener una explicación extraña: en Colombia, los presidentes son olvidables.

Recuerdos y presidentes

Mar 12, 2026

La obsesión del actual presidente con la historia puede tener una explicación extraña: en Colombia, los presidentes son olvidables.

Ya pocos se acuerdan de sus nombres. ¿Se sabe que hubo un presidente llamado Julián Trujillo-con un homónimo actor- y otro que ejerció la presidencia unas pocas semanas, llamado Salvador Camacho, ¿y que era más conocido por ser economista que por lo que hizo? ¿Alguien puede recitar el orden de los presidentes del Olimpo Radical o quiénes ejercieron la presidencia de 1910 a 1930? Sin duda, algunas personas lo saben, pero no se puede generalizar. Aún recuerdo que de niño me costaba asociar el nombre de Virgilio Barco al periodo en que gobernó, pues me parecía un nombre de otra época y hoy, en clases, algunos alumnos no identifican el periodo en que gobernó Andrés Pastrana, a quien conocen más por sus alusiones en el caso Epstein.

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Porque así, de a poco, los nombres de los presidentes van quedando en libros, actas y memorias y van desapareciendo de los discursos y las discusiones. Unos pocos quedan en la memoria colectiva: Simón Bolívar y Santander, por ser los primeros y los directores del intento de construcción del país y porque con ellos inició la división ideológica y lo que hoy llamamos “extremos”.

También hay unos que se recuerdan porque tienen nombres sonoros: Pedro Nel Ospina, López Pumarejo, Lleras Camargo, pero poco se sabe de lo que hicieron. La sonoridad no es un criterio absoluto, porque un nombre poco común como Wenceslao no es precisamente el referente que tenemos de Rafael Núñez. Continuando con asuntos curiosos de expresidentes, ¿alguien sabe que los únicos presidentes elegidos por voto popular en el siglo XIX fueron del Partido Conservador durante el auge del Partido Liberal? -Primero Mariano Ospina y luego Julio Arboleda, que duró poco más de un mes, hermano de Sergio Arboleda, famoso por pedir una indemnización al Estado tras la abolición de la esclavitud-. ¿Y qué Márquez fue vicepresidente de Santander y traicionó al gobierno para hacerse elegir en 1837? Porque la historia parece reírse de nosotros, repitiendo hechos y cambiando nombres.

Otros son recordados por hechos durante su gobierno: López Pumarejo por las reformas sociales en los años 30, aunque poco se dice de su segundo gobierno-en el que se cuenta un presunto caso de corrupción entre él y su hijo, que décadas después sería presidente-, José Hilario López por liberar a los esclavos, Tomás Cipriano de Mosquera por cambiar de ideología política cada vez que las circunstancias se lo exigieran-¿nos recuerda actualmente a alguien?-, Núñez por componer un poema dedicado a Cartagena que luego sería el himno nacional y por haber dado muerte a la Constitución de Rionegro en un discurso, abonando el camino para la Constitución de 1886, Gaviria por la Constitución de 1991, Pastrana Borrero por la sombra sobre su elección, Rojas Pinilla por ser el único dictador en décadas en un continente de constantes dictaduras, Uribe por los falsos positivos y la reelección, etc.

Así que la obsesión del presidente por ser recordado, incluso cuando se autodenomina inolvidable tanto en la cama como en el solio, le juega en contra. Poco nos interesa lo que haga en la cama-dice más de él que sea él mismo quien se defina en ella, pero es asunto de otro costal-, pero sí en la presidencia. ¿Qué dirá la historia de Petro? ¿Estará destinado a que su nombre quede escrito en los libros y ya, como le ha sucedido a la mayoría de los presidentes? Quizás, junto con Duque, pueda ser recordado como el presidente poeta-lo fue Belisario Betancourt y poco se cuenta de su pasado literario-, presentador, chef, rockero, actor, DJ, escritor, bailador. Petro no fue el primer guerrillero en la presidencia-ya lo habían sido Bolívar y el combo que presidió el Estado hasta más o menos los años 40 del siglo XIX, como lo fue Obando, que tenía por costumbre alzarse en armas-, ni el primero de izquierda-al menos reconoció que podría serlo en el último siglo, porque presidentes de izquierda radical hubo varios durante el XIX-.

El último capítulo se dio con el cameo del presidente en una película (parece chiste que, en esa película, de los miles de actores que hay en el mundo, se contratara a un confeso agresor de mujeres en un gobierno rodeado de escándalos por esto mismo). Al final, la obsesión por ser recordado quizás sea lo que recordemos de un presidente condenado al olvido.

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