En defensa de Colombia

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Cereté, la capital del “oro blanco”, pasó de sembrar 12.500 hectáreas de algodón en 2000 a menos de mil hoy

Entre los años 60 y 80 el algodón movió talleres, cooperativas, bancos y un reinado nacional en este municipio de Córdoba. Con la apertura económica llegó el algodón importado y subsidiado, y el cultivo casi desapareció.

Composición de algodón en primer plano y mural de Cereté de Córdoba al fondo

Cereté llegó a ser reconocida como la “Capital del oro blanco”. Ya en la cosecha de 1963 registraba 11.361 hectáreas de algodón, casi el doble que Montería, según datos del Instituto de Fomento Algodonero. Hacia el año 2000, según el centro de Estudios Regionales del banco de la República, aún concentraba unas 12.500 hectáreas, cerca de la mitad del área algodonera de Córdoba. Era el epicentro de la zona algodonera del Sinú medio, junto con Montería, Ciénaga de Oro, San Pelayo y San Carlos, y uno de los municipios líderes del desarrollo agrícola nacional durante las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado.

En esos años Colombia llegó a sembrar 377.246 hectáreas de esta planta, su máximo histórico, alcanzado en 1977. El año pasado, según datos de la UPRA, se habrían sembrado apenas unas 7.500 hectáreas.

Talleres, cooperativas, bancos y fiestas que llegaron con el algodón

Los tractores, con sus arados, rastrillos y sembradoras, manejados por cientos de trabajadores que llegaban a ser miles durante la época de recolección, motivaban en el casco urbano la apertura de grandes talleres agroindustriales como Taller León, CAS y Servicios Salón. Sus tornos, prensas y cortadoras demandaban personal cada vez más calificado.

Surgieron agrocomercios y cooperativas proveedores de insumos, como Coopiagros, Cooagrocor, Asosinú, Cooagrince y Agrovet de la Costa, entre otras, que suplían las necesidades de semillas, herbicidas, insecticidas, fertilizantes y herramientas para atender el pujante crecimiento del cultivo.

Al lado de la Caja Agraria se instalaron nuevas entidades financieras, como el Banco de Bogotá, Bancolombia y el Banco Popular. Aparecieron varias desmotadoras: CAS, Toledo, Fibras del Sinú, La Esmeralda (de Coopiagros), Desmotadora Pelayito (de Cooagrince) y Cenalgodón.

A ellas se sumaron empresas vinculadas a la comercialización de la fibra, como Diagonal, y a la transformación de la semilla y otros derivados, como Acosinú. Todo ello ocurría mientras, en los campos cereteanos, reventaban los capullos del algodón.

Cereté se engalanaba con sus fiestas de la Virgen de la Candelaria. En ese marco se realizaba el Reinado Nacional del Algodón, acompañado de festivales taurinos y eventos musicales con personajes de fama nacional e internacional. El pueblo cereteano, junto con miles de turistas que lo visitaban, demandaba comida, bebidas y hospedaje.

Todos los sectores florecían con el desarrollo generado en el campo. En medio de aquella desbordante alegría, nadie presagiaba lo que sobrevendría cuando Colombia implementó la llamada apertura económica, durante el gobierno de César Gaviria, política que sus sucesores continuaron hasta hoy.

La llegada del algodón importado y subsidiado

Se permitió la importación de algodón altamente subsidiado y los productores algodoneros cereteanos, al igual que los del resto del país, no lograron superar tan desventajosa competencia.

Se arrumaron los tractores, los arados y las sembradoras. Algunos talleres sobreviven con una escasa demanda de sus servicios. Se remataron tornos y otras herramientas, se fueron entidades financieras, quebraron comerciantes, y bares y cantinas clausuraron sus puertas.

Persona con camiseta amarilla conduce una motocicleta por una calle, vista de espaldas
Persona con camiseta amarilla conduce una motocicleta por una calle, vista de espaldas. Foto: César Augusto Ramírez Vallejo/Pixabay.

De dos millones y medio de jornales a unos 4.000

De los dos millones y medio de jornales que se requerían en la época dorada del cultivo, hoy apenas se generan unos 4.000 en las menos de mil hectáreas que unos agricultores se atreven a sembrar, sin poder controlar todos los riesgos de esta aventura.

La maquinaria ya no desfila los 16 de julio para la tradicional bendición patronal. Hoy lo hacen motos y alguno que otro vehículo de transporte de carga que, con el agua bendita, espera recibir ayuda para poder cumplir con la cuota mensual y conseguir los pesos necesarios para la provisión familiar.

Al lado del incremento del mototaxismo, aparecieron puestos de venta de arepas, chicharrón con patacón, butifarra y bollo limpio. Y, megáfono en mano, el carretillero ofrece plátano, ñame y yuca provenientes de los cultivos de pancoger que aún sobreviven. A estas actividades fueron lanzados muchos de los trabajadores despedidos en la debacle del cultivo.

El Estado dejó a su suerte a los algodoneros de Cereté y del país. Engañados una vez más, hoy escuchan que los tratados de libre comercio, la nueva presentación de la apertura económica, seguirán siendo el eje de la política para el agro.

De las 12.500 hectáreas que Cereté sembraba hacia el año 2000 quedan menos de mil. Muchos de los trabajadores del algodón viven hoy del mototaxismo y de las ventas callejeras de comida, plátano, ñame y yuca.

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